viernes, 10 de febrero de 2017

El virus de Podemos

Me presento como candidato al Consejo Ciudadano Estatal de Podemos por la lista Podemos en Movimiento. Al tiempo que agradezco la confianza puesta en mí por los compañeros y amigos de esa excelente lista, tengo que recordar que mi presencia en una lista no es algo que en sí me guste. El que una organización como Podemos tenga en su seno tendencias de opinión me parece sano y necesario, lo cual no significa que en los procesos de toma de decisiones estas tendencias tengan que comportarse como partidos internos enfrentados por la captación del voto y con un solo objetivo: gnar, ganar frente e incluso contra los otros. Si el ciclo 15M-Podemos aportó algo de positivo a nuestra educación política democrática, es su enseñanza de que la política puede y debería seguir otros cauces que los del enfrentamiento entre partidos oligárquicos que persiguen captar el voto, y que los procesos de decisión colectiva deben primar sobre cualquier elección.

Podemos se creó para poder instilar el virus democrático incubado en las plazas y las asambleas dentro de las esferas mediática y representativa, produciendo así efectos disruptivos en las dinámicas antidemocráticas y absolutistas propias de estos ámbitos. Con ello se esperaba convertir la potencia de la indignación social en poder constituyente. La operación de instilación del virus Podemos era, sin embargo, sumamente delicada: requería un gran tacto a la hora de actuar en los ámbitos mediático y político, pues tanto los medios como el sistema político están ahí para secuestrar y neutralizar la capacidad de expresión y de decisión democrática de los ciudadanos. Estos dos aparatos de Estado funcionan en el marco de una relación unidireccional de control o de mando de la multitud. Los medios no admiten réplica y bombardean a la población con sus mensajes. Las instancias políticas, parlamentos, gobierno, etc. están, por su lado, basadas en la representación, pero esta representación a su vez reposa en un mandato libre: cuando voto por un diputado este tiene individual -y colegiadamente en el seno del parlamento- un derecho absoluto a actuar en mi nombre y ninguna obligación de atenerse a un programa. En otros términos, un diputado en una democracia representativa es un átomo de poder absolutista.

El único remedio efectivo contra ese mal hubiera sido mantener a los representantes de Podemos en los medios y las instituciones atados por la obligación de atenerse a una línea debatida y elaborada colectivamente y de someterse a un control permanente de los representados. Esta necesidad debería haberse reflejado en el ámbito organizativo, pues el control de los representantes debía ser ejercido por órganos de participación democrática y de debate y deliberación colectivos que ya existían en Podemos: los círculos. Sin embargo, estos fueron prácticamente liquidados por el esquema organizativo de Vistalegre I en favor de estructuras burocráticas emanadas de los representantes, que reforzaban el control de los representantes sobre la propia organización. De este modo, se produjeron dos efectos negativos para la intención inicial de Podemos: 1) la completa autonomización de los representantes dentro de los aparatos de Estado, esto es su plena integración en estos últimos, y 2) la introducción de las estructuras absolutistas por las que se rige normalmente la esfera representativa dentro de la propia organización. Si en la esfera política del Estado capitalista democrático puede decirse: "la voz del pueblo es su voto; cuando el pueblo ha votado se calla", lo mismo puede afirmrse de la vida interior de Podemos.

La hiperrepresentación mediática e institucional genera una despolitización masiva, pues aleja a las personas de la toma de decisión política, limitando la intervención del ciudadano a una mera elección entre uno u otro representante, tras la cual el elector debe regresar a sus actividades privadas dejando la vida pública en manos del representante que no tarda en considerar la actividad pública como su propiedad exclusiva. De este modo se constituyen las "clases políticas", con todos los riesgos de corrupción y derivas liberticidas que siempre suponen. La despolitización de masas y la necesaria elección entre diversas opciones o líderes excluye toda posibilidad de debate y de toma de decisiones colectivos y crea una polarización que nada tiene que ver con contenidos políticos u objetivos estratégicos, sino con los intereses propios de las oligarquías representativas en liza, que pueden resumirse en uno principal: perpetuarse. Así, dentro de Podemos, independientemente de toda auténtica diferencia estratégica, los dos bandos escindidos de la antigua -y despótica- dirección de un partido devenido empresa, se enfrentan por recabar apoyos en una campaña de invectivas vacías. A lo que asistimos, en ausencia de auténtico debate colectivo, es a una lucha de prestigio entre jefes en la que se juega el control del aparato, una lucha en el vacío, pues lo único que cuenta en ella es la oposición entre Uno y Otro.

En este ambiente viciado en el que el virus del Estado ha quedado inoculado en Podemos, Podemos en Movimiento se presenta como un anticuerpo, con ánimo de recuperar las estructuras democráticas y participativas iniciales y de superar la fase autorreferencial de la organización. Un Podemos democrático y activo será indispensable como arma contra los intentos de legitimar la imposición de la crisis y sus resultados a la población, en otros términos, de representar la crisis. La representación y legitimación de esa maniobra de expropiación masiva de la población que es hoy la "crisis" ha sido hasta hoy bloqueada por la irrupción de Podemos, a pesar de su despotenciamiento interno. Sin embargo, ese bloqueo no puede mantenerse indefinidamente y hay fuerzas que pugnan por superarlo e imponer una restauración del mando capitalista con formas que pueden ser las de una democracia oligárquica y corrupta, como las del PP o el PSOE, o directamente autoritarias. Solo la extensión de la brecha abierta en las revueltas contra la crisis de hace cinco años, tanto en España como en otros puntos de Europa y del planeta, puede permitirnos poner en marcha un proceso constituyente que conduzca a la recuperación de la democracia y de los comunes. Si lo conseguimos, con Podemos y una amplia constelación de fuerzas que no se reconocen necesariamente en Podemos, el virus de la democracia de los comunes podrá seguir su labor constituyente.